tema 03 de 03 · Lengua Castellana y Literatura II
Del 27 a la posguerra
Es el tramo de literatura que más se repite en el examen, en cualquiera de sus formatos: como tema, como ficha de datos o como fragmento que hay que situar. La buena noticia es que se ordena solo, por etapas y por décadas, y que los mismos nombres y las mismas obras vuelven una y otra vez.
Qué te va a pedir el examen
- «Cite tres características de esta generación» y «cinco poetas» del 27, o «explique las etapas» con un autor y una obra por etapa.
- «Indique a qué libro y a qué etapa pertenece este poema» y justifíquelo con rasgos de estilo citados.
- «Sitúe el fragmento en su movimiento y en la trayectoria del autor», relacionándolo con la obra y el periodo.
- «Cite dos obras» de un autor de posguerra, «dos rasgos» de una tendencia (arraigada, social, tremendismo) y «un autor y una obra» de otra.
- «Comente el tema, los símbolos o los recursos» de un fragmento con citas textuales, sin convertir el texto en pretexto para exponer teoría.
1 El 27: un grupo de amigos que junta a Góngora con el surrealismo
No es una generación con manifiesto ni una escuela: es un grupo de poetas de edad parecida, amigos entre sí, con formación universitaria, que coinciden en la Residencia de Estudiantes de Madrid y en las mismas revistas (Litoral, Revista de Occidente). El nombre viene de 1927, el tricentenario de la muerte de Góngora, que celebran con homenajes: reivindicarlo significaba defender una poesía exigente, culta y apoyada en la metáfora. Los nombres: Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Dámaso Alonso, Emilio Prados y Manuel Altolaguirre. Cerca del grupo, las mujeres conocidas como Las Sinsombrero: Concha Méndez, Ernestina de Champourcín, Josefina de la Torre, Rosa Chacel, María Teresa León, Maruja Mallo.
El rasgo definitorio, el que se pregunta casi con esas palabras, es la síntesis entre tradición y vanguardia. Admiran a la vez a Góngora, al Romancero y a la lírica popular (cancioneros, villancicos, romances), y asimilan la imagen insólita, la metáfora audaz y el verso libre del surrealismo y de los ismos. No rompen con el pasado: lo reinterpretan. A eso se suma la influencia de Juan Ramón Jiménez y su idea de poesía pura, la de Ramón Gómez de la Serna como puente con la vanguardia, la renovación métrica (soneto y romance junto al verso libre y el versículo) y unos temas humanos permanentes: el amor, la muerte, el destino, la ciudad, la injusticia.
Si te piden tres características, lleva estas tres sin dudar: tradición más vanguardia; amistad y proyectos comunes (revistas, homenaje a Góngora); y la ruptura biográfica compartida, la Guerra Civil, que dispersa al grupo. La etiqueta de «poetas deshumanizados», tomada de Ortega, solo vale para su primera etapa, y decirlo sin matizar es un error documentado.
2 Tres etapas y los nombres en una línea
El esquema por etapas es lo que más se pregunta, y conviene aprenderlo con su lógica. Primera etapa, hasta 1927: poesía pura y neopopularismo. Bajo el influjo de Juan Ramón y de Góngora se elimina lo anecdótico y lo sentimental para quedarse con la esencia y la forma perfecta (Guillén, Cántico); y a la vez se recupera la lírica tradicional con técnica moderna: Alberti, Marinero en tierra; Lorca, Poema del cante jondo y Romancero gitano (1928). Segunda etapa, de 1927 a la Guerra Civil: irrupción del surrealismo y rehumanización. Vuelve el yo, con la angustia, el deseo y la protesta, en imagen irracional y verso libre: Lorca, Poeta en Nueva York (escrito en 1929-1930); Alberti, Sobre los ángeles; Aleixandre, La destrucción o el amor; Cernuda, Los placeres prohibidos.
Tercera etapa, desde 1936: la dispersión. Lorca es asesinado en Granada en agosto de 1936; Salinas, Guillén, Alberti, Cernuda, Prados y Altolaguirre marchan al exilio; Aleixandre y Dámaso Alonso permanecen en España, en el llamado exilio interior. Los temas cambian: la patria perdida, la nostalgia, la memoria de la infancia, el paso del tiempo (Cernuda, Desolación de la quimera; Alberti, Retornos de lo vivo lejano).
Los nombres, en una línea cada uno. Salinas, el poeta del amor, depurado de anécdota (La voz a ti debida, Razón de amor), con una primera etapa vanguardista que celebra las máquinas y los objetos modernos (Seguro azar). Guillén, el más puro e intelectual: Cántico, canto de entusiasmo ante el mundo, dentro del conjunto Aire nuestro. Gerardo Diego, tradición y creacionismo a la vez. Alberti, el más versátil: neopopularismo, surrealismo, compromiso político y exilio. Aleixandre, el más surrealista, con el amor como fuerza cósmica, Premio Nobel en 1977. Cernuda, cuya obra entera se reúne bajo un solo título, La realidad y el deseo: el conflicto entre lo que el poeta desea y lo que la realidad le permite, en cuatro etapas (inicial, surrealista, madurez, exilio). Dámaso Alonso, cronológicamente del 27, pero su libro decisivo, Hijos de la ira (1944), pertenece ya a la posguerra. Y un cruce que conviene evitar: Aleixandre y Alberti se confunden más de lo que parece.
3 Lorca: los símbolos que atraviesan su poesía y su teatro
Lorca es la gran figura del grupo, y reconocer a qué libro pertenece un poema suyo depende de marcas de estilo, no de memoria. Poema del cante jondo y Romancero gitano: neopopularismo culto, romance, mundo gitano-andaluz, el marginado perseguido por un destino que no elige, la Guardia Civil como fuerza represiva. Poeta en Nueva York: versículo largo, imaginario onírico, denuncia de la ciudad deshumanizada y de la opresión, con la inversión de los símbolos tradicionales (un amanecer que no trae esperanza). Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, la gran elegía; Diván del Tamarit y Sonetos del amor oscuro, escritos al final, con las formas de la poesía árabe y el soneto para un erotismo intenso y velado.
Su simbología es muy reconocible y se pregunta: la luna es la muerte; el agua, vida cuando corre y muerte cuando está estancada; el caballo, la pasión y el destino; los metales (puñal, navaja, cuchillo), la muerte violenta; el verde, deseo y muerte a la vez; la sangre. Al comentar, no basta con decir «hay metáforas»: cita el verso exacto y explica su efecto, y del efecto pasa a la etapa o al libro que lo justifica.
Su teatro gira sobre un mismo conflicto: el deseo o la libertad individual frente a la autoridad, la moral social y el destino trágico, casi siempre encarnado en protagonistas femeninas frustradas, con fusión de verso y prosa y fuerza lírica. La trilogía rural: Bodas de sangre (1933), la Novia huye con Leonardo el día de su boda y la pasión desemboca en la muerte; Yerma (1934), la mujer que vive la esterilidad como una condena; La casa de Bernarda Alba (1936), la obra cumbre, estrenada tras su muerte: Bernarda impone ocho años de luto a sus cinco hijas, y esa represión desencadena la tragedia de Adela, enamorada de Pepe el Romano, el prometido de Angustias, la heredera. Cada hija tiene un rol: Adela es el deseo y la rebeldía; Martirio, la envidia y la frustración; Angustias, el interés económico; la Poncia es la voz popular lúcida y María Josefa dice las verdades que nadie puede decir; Pepe nunca aparece en escena. Los símbolos: el bastón de Bernarda como poder hecho gesto, el blanco y el negro, el calor y el agua, el caballo garañón encerrado, las paredes de la casa. Y las acotaciones no son un trámite: transmiten tanto sentido como los diálogos.
4 La poesía de posguerra: arraigada, desarraigada, social y del 50
La Guerra Civil parte en dos la vida literaria: muertes (Lorca, Machado, Miguel Hernández en la cárcel en 1942), exilio de buena parte del 27 y censura para quienes se quedan. En los años 40 la poesía se divide en dos actitudes ante el mundo, y esa oposición es la clave del tema. La poesía arraigada, en torno a las revistas Escorial y Garcilaso, ve el mundo como ordenado y armónico: fe serena, patria, familia, amor, formas clásicas y sobre todo el soneto (Luis Rosales, Leopoldo Panero, Dionisio Ridruejo). La poesía desarraigada, con la revista Espadaña, vive el mundo como caos y angustia, con un Dios que calla, verso libre y lenguaje duro. Su obra clave es Hijos de la ira (1944), de Dámaso Alonso, y en ella se sitúa el primer Blas de Otero.
En los años 50 la angustia individual se convierte en denuncia colectiva: la poesía social, concebida como instrumento para transformar la sociedad, con lenguaje sencillo y coloquial. Las dos citas que la resumen: Gabriel Celaya, «la poesía es un arma cargada de futuro»; Blas de Otero, que escribe «para la inmensa mayoría», invirtiendo el «a la minoría» de Juan Ramón. Otero pasa de la angustia religiosa de Ángel fieramente humano al giro social de Pido la paz y la palabra (1955); Celaya publica Cantos iberos; José Hierro se mueve entre lo existencial y lo social, con sus «reportajes» y sus «alucinaciones».
En los años 60 reacciona la generación del 50 o del medio siglo: consideran que la denuncia directa ha empobrecido el lenguaje y vuelven a lo personal sin renunciar a la mirada crítica. Rasgos: la experiencia y la memoria como materia, la ironía y el distanciamiento, el escepticismo sobre la utilidad de la poesía y un cuidado del lenguaje aparentemente coloquial pero muy trabajado. Nombres: Ángel González, Jaime Gil de Biedma (Moralidades, el más influyente, la poesía de la experiencia), Claudio Rodríguez (Don de la ebriedad), José Ángel Valente, Francisco Brines. En paralelo corre la poesía del exilio, con la patria perdida y la nostalgia como temas: Cernuda, Alberti, Guillén, León Felipe. Y hacia 1970 llegan los novísimos, con el culturalismo y la ruptura.
5 Novela y teatro de posguerra: cada década, una obra que la inaugura
La novela se ordena por décadas y cada una tiene una obra inaugural. Años 40, novela existencial y tremendismo: Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte (1942), la confesión de un condenado a muerte que narra su vida de violencia; el tremendismo es esa acumulación deliberada de lo brutal y lo degradado, en primera persona y con lenguaje seco (Cela, Premio Nobel en 1989). Carmen Laforet, Nada (primer Premio Nadal, 1944; publicada en 1945): Andrea llega a una Barcelona gris de posguerra y encuentra una casa familiar asfixiante; novela existencial con el desencanto como tema. Años 50, realismo social: el novelista da testimonio de la realidad colectiva y el protagonista deja de ser individual. Cela, La colmena (1951), más de trescientos personajes en el Madrid de posguerra, estructura en secuencias, tiempo reducido, narrador que observa sin juzgar; Rafael Sánchez Ferlosio, El Jarama (1955), un domingo de jóvenes junto al río contado casi solo con diálogo, el modelo del objetivismo; Miguel Delibes, El camino (1950), la mirada nostálgica y afectuosa sobre el mundo rural castellano; Carmen Martín Gaite, Entre visillos (Premio Nadal), la vida provinciana y la falta de horizonte de las mujeres, con dos voces narrativas que alternan el diario en primera persona y la tercera persona.
Años 60 y 70, novela experimental: la denuncia directa se agota y se renueva la forma, con la influencia de Joyce, Faulkner y el boom hispanoamericano. Luis Martín-Santos, Tiempo de silencio (1962), abre la etapa: monólogo interior, narrador múltiple, lenguaje barroco mezclado con lo coloquial, ironía. Delibes, Cinco horas con Mario (1966), el monólogo de una viuda ante el cadáver de su marido; Juan Goytisolo, Señas de identidad; Juan Benet, Volverás a Región. Rasgos de la etapa: ruptura del orden cronológico, desaparición del argumento tradicional, monólogo interior, cambios de punto de vista, segunda persona narrativa. Y la novela del exilio, si te piden otra tendencia: Ramón J. Sender (Réquiem por un campesino español), Max Aub, Francisco Ayala.
El teatro sigue el mismo compás. Años 40: teatro de evasión y comedia burguesa bajo la censura, con el humor renovador de Jardiel Poncela y Miguel Mihura (Tres sombreros de copa, escrita en 1932 y estrenada en 1952). Años 50: Antonio Buero Vallejo inaugura el teatro existencial y social con Historia de una escalera (1949): tres generaciones de vecinos repiten en el mismo rellano los mismos sueños frustrados, y la escalera es el símbolo de un espacio de tránsito que no lleva a ninguna parte. Buero practica el posibilismo, criticar dentro de lo que la censura permite, frente al imposibilismo de Alfonso Sastre, que reclamaba un teatro de agitación sin concesiones: es la polémica Buero-Sastre. Otra obra clave de Buero, El tragaluz. Años 60 y 70: teatro experimental y vanguardista con Fernando Arrabal (teatro «pánico») y los grupos de teatro independiente.
Para llevarte
- El 27 es un grupo de amigos, no una escuela con manifiesto; su rasgo definitorio es la síntesis de tradición (Góngora, lírica popular) y vanguardia (surrealismo), con Juan Ramón y la poesía pura como influencia.
- Tres etapas: poesía pura y neopopularismo hasta 1927 (Marinero en tierra, Romancero gitano); surrealismo y rehumanización hasta la guerra (Poeta en Nueva York, Sobre los ángeles); dispersión y exilio desde 1936.
- Cernuda se cita siempre con La realidad y el deseo; Aleixandre es el Nobel de 1977; Dámaso Alonso abre con Hijos de la ira (1944) la poesía desarraigada.
- El teatro de Lorca es el choque entre el deseo individual y la autoridad, con mujeres protagonistas y símbolos (luna, agua, caballo, bastón).
- Poesía de posguerra por décadas: arraigada frente a desarraigada (40), social (50, Otero y Celaya), generación del 50 (60, Gil de Biedma, Claudio Rodríguez), sin olvidar el exilio.
- Novela: tremendismo (Pascual Duarte, 1942), realismo social y objetivismo (La colmena, El Jarama), experimental (Tiempo de silencio, 1962); teatro: evasión, Buero y el posibilismo, experimental.
Errores que restan
- Situar Poeta en Nueva York en el neopopularismo o mezclar las etapas del 27, y llamar «deshumanizado» a todo el grupo cuando eso vale solo para la primera etapa.
- Cruzar arraigada y desarraigada o atribuir Hijos de la ira a Blas de Otero: es de Dámaso Alonso, y arraigada es la del mundo con sentido, sonetos y Dios sereno.
- Meter a Gil de Biedma en la poesía social, cuando la generación del 50 es justamente la reacción contra ella.
- Citar a Cernuda con un título suelto sin mencionar que toda su obra se integra en La realidad y el deseo, o confundir a Aleixandre con Alberti.
- Al comentar un fragmento, contar el argumento entero o exponer biografía y periodo en vez de atender al texto, y citar sin comillas ni verso: se penaliza expresamente.
Autochequeo
Responde sin mirar arriba. Si fallas, mejor aquí que el día del examen: cada opción trae su porqué.
1. ¿Cuál es el rasgo definitorio de la Generación del 27?
El 27 no rompe con el pasado: lo reinterpreta, y junta a Góngora y el Romancero con la imagen surrealista. Nunca tuvo manifiesto; era un grupo de amigos con revistas y un homenaje en común. Y la etiqueta de «deshumanizados», tomada de Ortega, solo describe la primera etapa, antes de la rehumanización de 1927 en adelante.
2. ¿En qué etapa del 27 se sitúa Poeta en Nueva York, de Lorca?
Escrito en 1929-1930 tras el viaje a Estados Unidos, rompe con el verso medido, adopta el imaginario onírico y denuncia la opresión de la gran ciudad: es la irrupción del surrealismo y la vuelta del yo. Situarlo en el neopopularismo es un error documentado; que se escribiera fuera de España no lo hace poesía del exilio, que empieza con la guerra; y de poesía pura tiene poco: es la rehumanización.
3. Hijos de la ira (1944): versículos largos, tono desgarrado y un mundo vivido como caos. ¿Autor y corriente?
Es el libro bisagra que abre la vía existencial de la posguerra, y su autor es Dámaso Alonso, aunque cronológicamente sea del 27. Atribuirlo a Otero es un cruce frecuente, porque Otero empieza en la desarraigada pero su obra mayor es la social de los 50; la arraigada es justo lo contrario, mundo ordenado y sonetos; y Cernuda escribe en el exilio con otros temas.
4. Ironía, memoria de la infancia, autocrítica de clase y un lenguaje coloquial muy trabajado: la poesía de Jaime Gil de Biedma pertenece a…
La generación del 50 vuelve a lo personal y al cuidado del lenguaje porque considera que la denuncia directa empobreció la poesía, y Gil de Biedma es su nombre más influyente. Meterlo en la social es el error clásico, y es justo al revés; la arraigada es de los 40 y de tono sereno; los novísimos llegan hacia 1970 con el culturalismo.
5. En la polémica Buero-Sastre, ¿qué defendía el posibilismo de Buero Vallejo?
Buero, con Historia de una escalera (1949), inaugura el teatro existencial y social diciendo lo que se podía decir dentro del sistema. La postura contraria, el imposibilismo, es la de Sastre; el teatro de evasión es el de los años 40 (Jardiel, Mihura), y el teatro «pánico» es el de Arrabal, ya en los 60 y 70.
La pregunta que decide si lo tienes
Un poema describe un amanecer urbano en versículos largos y sin rima: «la aurora llega y nadie la recibe en su boca / porque allí no hay mañana ni esperanza posible»; hay cieno, negras palomas y monedas que devoran a niños abandonados, y la aurora «gime». Identifica autor, libro y etapa, justifícalo con dos rasgos de estilo citados y sitúa esa etapa en la trayectoria de la Generación del 27.
Pista 1
Fíjate en la forma antes que en el nombre: el verso es largo, libre, de ritmo entrecortado, nada que ver con el octosílabo del romance. Y el amanecer, que en la tradición es vida y esperanza, aquí trae cieno y muerte. ¿Qué ciudad y qué viaje conoces en la biografía de un poeta del 27?
Pista 2
Es Lorca tras su viaje a Estados Unidos. Piensa en qué etapa del grupo entra el surrealismo y vuelve la denuncia, y en cómo eso se opone al neopopularismo de sus libros anteriores.
Solución
El poema es «La aurora», de Federico García Lorca, y pertenece a Poeta en Nueva York, escrito en 1929-1930 tras su estancia en Estados Unidos y publicado póstumamente en 1940. Dos rasgos de estilo lo sitúan ahí. El primero es formal: el versículo libre, largo y de ritmo entrecortado, que rompe con el verso medido y el romance del Romancero gitano. El segundo es la inversión sistemática del simbolismo tradicional: el amanecer, que debería traer luz y renovación, «llega y nadie la recibe en su boca / porque allí no hay mañana ni esperanza posible», y la personificación «la aurora gime» humaniza dolorosamente a la ciudad; el cieno, las negras palomas y las monedas que devoran a niños abandonados son el imaginario onírico y visionario con que Lorca denuncia la deshumanización de la gran ciudad capitalista y la infancia arrebatada. Esa denuncia explícita es la marca del libro. En la trayectoria del 27, el poema corresponde a la segunda etapa, la que va de 1927 a la Guerra Civil: la irrupción del surrealismo, adoptado a su manera (imagen irracional y liberada de la lógica, sin escritura automática ortodoxa), y la rehumanización, con la vuelta del yo, la angustia y la protesta, junto a Sobre los ángeles de Alberti y La destrucción o el amor de Aleixandre. Es justo lo contrario del neopopularismo de la primera etapa, donde Lorca fundía el romance tradicional con la mitología gitano-andaluza. Fíjate en el orden de la respuesta: del verso citado al efecto, y del efecto al libro y a la etapa que lo justifican; así el texto es el centro y la teoría solo aparece para explicarlo.