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tema 03 de 03 · Historia de la Filosofía

Filosofía contemporánea: Nietzsche

Es el autor contemporáneo que más se repite como texto, y también el que más tienta a escribir frases sonoras y vacías. La buena noticia: su pensamiento tiene un hilo muy claro, la sospecha de que la moral y la metafísica de Occidente han servido para negar la vida. Con ese hilo, cada concepto cae en su sitio.

Qué te va a pedir el examen

1 La sospecha: contra el «mundo verdadero»

Nietzsche pertenece, con Marx y Freud, a los que Ricoeur llamó maestros de la sospecha: piensan que la conciencia no es transparente y que detrás de lo que creemos pensar hay algo que no vemos. En su caso, detrás de la moral y de la metafísica hay voluntad de poder. Su diagnóstico es que la filosofía occidental, desde Platón, ha despreciado este mundo, el sensible, cambiante y corporal, en nombre de un «mundo verdadero» inventado: las Ideas, luego el Dios cristiano (un «platonismo para el pueblo»), luego la razón absoluta. Esa jerarquía es, para él, nihilismo encubierto: un odio a la vida disfrazado de sabiduría. En el Crepúsculo de los ídolos cuenta «cómo el mundo verdadero acabó convirtiéndose en una fábula».

La crítica llega hasta el lenguaje y la verdad. La gramática nos induce a creer en sujetos, sustancias y causas como si fueran realidades dadas; y lo que llamamos verdad es «una hueste en movimiento de metáforas», ilusiones de las que hemos olvidado que lo son, monedas gastadas que ya no se toman por monedas sino por metal. De ahí su perspectivismo: todo conocer parte de una perspectiva, de intereses y fuerzas. Cuidado con la conclusión fácil: eso no permite escribir que «Nietzsche es relativista y no cree en nada». No sostiene que toda perspectiva valga lo mismo; abre otra pregunta, cuál intensifica la vida y cuál la empobrece.

El diagnóstico ya estaba en su primera obra. La tragedia griega nació del equilibrio entre lo apolíneo (forma, orden, individuación) y lo dionisíaco (embriaguez, exceso, disolución de los límites); con Sócrates y Eurípides, el racionalismo ahogó lo dionisíaco y la cultura empezó a decaer. Es, en miniatura, lo que Nietzsche dirá de toda la civilización occidental.

2 Genealogía de la moral: señores, esclavos y resentimiento

La genealogía no pregunta si los valores morales son verdaderos, sino de dónde vienen y a qué intereses sirven. Nietzsche distingue dos morales. La moral de señores es la de los fuertes y nobles: llaman «bueno» a lo que ellos son, fuerza, vitalidad, afirmación, y «malo» a lo débil. Es una valoración espontánea y afirmativa.

La moral de esclavos nace del resentimiento de los débiles, que no pueden vengarse en la realidad y lo hacen en los valores: invierten la tabla y llaman «bueno» a lo humilde, obediente y compasivo, y «malvado» al fuerte. Es una moral reactiva, negadora de la vida, y la moral judeocristiana es su gran vehículo histórico: por eso Nietzsche la llama decadente. Para explicarla en un comentario, la idea que puntúa es que los valores no son absolutos ni eternos, sino el producto histórico de una inversión.

3 «Dios ha muerto»: catástrofe y oportunidad

«Dios ha muerto, y nosotros lo hemos matado». No es una tesis teológica ni una demostración de que Dios no exista: es un diagnóstico cultural. La cultura moderna, con su ciencia y su crítica racional, ha destruido de hecho la creencia en Dios y en los valores absolutos que él fundaba (la Verdad, el Bien, el sentido garantizado del mundo), aunque siga actuando como si aún existieran. La consecuencia es el nihilismo: nos quedamos sin fundamento ni sentido dado.

El matiz que separa una lectura escolar de una lectura filosófica es sostener las dos caras a la vez. Es una catástrofe, porque perdemos el suelo, y a la vez una liberación, «una nueva aurora»: la ocasión de crear valores propios donde antes había un orden impuesto. Nietzsche no celebra el nihilismo sin más ni se limita a lamentarlo: lo diagnostica como una crisis que hay que atravesar. Quien lo presenta solo como alivio, o solo como pérdida, se queda con la mitad.

4 Superhombre, voluntad de poder y eterno retorno

En Así habló Zaratustra, el espíritu pasa por tres transformaciones: el camello carga con los valores heredados (el «tú debes»); el león se rebela y dice «yo quiero», conquista la libertad destruyendo los valores viejos, pero solo sabe negar; el niño crea valores nuevos desde la inocencia y el juego, con «un santo decir sí». El niño anticipa al superhombre (Übermensch): quien, tras la muerte de Dios, crea sus propios valores y afirma la vida sin necesitar un más allá. Dilo con exactitud, porque el error está muy penalizado: no es un superhéroe, no es un tipo biológico ni una raza superior y no tiene nada que ver con la eugenesia. Es una figura, el tipo humano capaz de dar sentido desde sí mismo.

Su tarea es la transvaloración de todos los valores, y su motor la voluntad de poder: la fuerza creadora y expansiva propia de la vida, el impulso de todo ser vivo a crecer y superarse. No es afán de dominar a otros, sino afirmación vital.

La prueba máxima es el eterno retorno. Un demonio te propone vivir esta misma vida, idéntica, infinitas veces: ¿te aplastaría la idea o la abrazarías como algo divino? Es una prueba existencial, no una teoría física: solo quien ama su vida hasta querer repetirla entera, con su dolor incluido (amor fati), ha superado el nihilismo y la moral que condena la existencia en nombre de un más allá.

5 Las comparaciones que más rinden

Con Platón, el contraste es total y muy rentable: Platón jerarquiza dos mundos y busca lo eterno tras el cambio; Nietzsche rechaza cualquier mundo verdadero detrás del sensible y afirma el devenir, el cuerpo y la vida como única realidad. Donde Platón ve ascenso hacia el Bien, Nietzsche ve huida nihilista de la vida. Con Kant, el eje es la moral: deber universal fundado en la razón frente a una crítica genealógica que muestra toda moral como histórica y al servicio de intereses vitales. Con Descartes, la verdad: certeza objetiva del cogito frente a perspectivismo.

Con Marx comparte el gesto de sospecha, y ahí conviene no aplanar: los dos desenmascaran una ilusión colectiva, pero para Marx la raíz es económica y de clase, y el sujeto del cambio una clase que actúa en colectivo; para Nietzsche la raíz es moral y psicológica, el resentimiento, y el sujeto un individuo excepcional. Marx aspira a una sociedad sin clases; Nietzsche ve en el ideal igualitario una forma más de moral de esclavos. Antes de comparar, además, localiza el blanco del pasaje: Sócrates, Platón, el cristianismo, la moral en general. Explicar el concepto sin decir contra quién habla suena genérico.

Para llevarte

Errores que restan

Autochequeo

Responde sin mirar arriba. Si fallas, mejor aquí que el día del examen: cada opción trae su porqué.

1. ¿Qué significa «Dios ha muerto» en Nietzsche?

2. El superhombre (Übermensch) es…

3. Para Nietzsche, la moral de esclavos…

4. Un fragmento denuncia que detrás de las ideas de una época se esconden intereses que la conciencia no ve. ¿Cómo distingues si es de Marx o de Nietzsche?

5. ¿Qué es el eterno retorno?

La pregunta que decide si lo tienes

Comenta la frase «Dios ha muerto, y nosotros lo hemos matado» y relaciónala con el nihilismo y con la tarea del superhombre. Compara después la posición de Nietzsche con la de Platón sobre la existencia de un mundo verdadero.

Pista 1

Empieza por lo que la frase no es: ni una tesis teológica ni una prueba de que Dios no existe. Pregúntate quién es ese «nosotros» que lo ha matado (la propia cultura moderna, su ciencia y su crítica) y qué se derrumba con él (no solo Dios: la Verdad, el Bien, el sentido garantizado). Después sostén las dos caras: catástrofe y oportunidad.

Pista 2

Para la comparación, usa el eje del «mundo verdadero». Platón lo afirma (las Ideas, la caverna como ascenso hacia el Bien); Nietzsche lo declara fábula y afirma el devenir y el cuerpo como única realidad. Donde uno ve ascenso, el otro ve huida de la vida. El superhombre entra al final: es quien, sin ese mundo verdadero, crea valores desde sí mismo.

Solución

La frase no es una afirmación teológica sino un diagnóstico cultural. Lo que Nietzsche constata es que la cultura moderna, con su ciencia y su crítica racional, ha destruido de hecho la creencia en Dios y, con ella, la creencia en los valores absolutos que Dios fundaba: la Verdad, el Bien, un sentido del mundo garantizado de antemano. Por eso el «nosotros» importa: no es que Dios haya sido refutado desde fuera, sino que la propia tradición que lo sostenía lo ha vaciado, y sigue actuando como si aún existiera sin haber asumido las consecuencias. Esa situación es el nihilismo, la desaparición de los valores supremos, y tiene dos caras que hay que sostener a la vez. Es una catástrofe, porque perdemos el fundamento y el sentido dado; y es una liberación, «una nueva aurora», porque por primera vez es posible crear valores propios en lugar de recibir un orden impuesto. Nietzsche no celebra sin más ni se limita a lamentar: diagnostica una crisis que hay que atravesar. Quien la atraviesa es el superhombre, anticipado por el niño de las tres transformaciones: no un tipo biológico ni un dominador, sino quien, desde la voluntad de poder entendida como fuerza creadora, lleva a cabo la transvaloración de los valores y dice sí a la vida hasta querer su eterno retorno. La comparación con Platón se organiza en torno a la idea de un mundo verdadero. Platón distingue el mundo sensible, cambiante y copia, del mundo inteligible de las Ideas, eterno e inmutable, y entiende el conocimiento y la vida buena como ascenso desde las sombras hacia la Idea del Bien. Nietzsche ve en esa separación el origen de todo el nihilismo occidental: inventar un mundo verdadero detrás del sensible es despreciar el único mundo real, el del devenir y el cuerpo, y el cristianismo no hizo más que popularizar ese esquema. Donde Platón ve ascenso, Nietzsche ve huida de la vida; donde Platón busca lo permanente, Nietzsche afirma el cambio. La muerte de Dios es, en ese sentido, la muerte del mundo verdadero platónico, y la tarea del superhombre empieza justo donde la caverna prometía una salida.

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